Acostada en mi cama pienso sobre muchas cosas, analizo otras cuantas y trato de olvidar unas pocas. Tomo un cuaderno, un lápiz gráfito y comienzo a escribir, las palabras casi se plasman solas, el cuaderno parece un mar de ideas y el lápiz la caña con que puedo pescar unas cuantas. Siento que mi mente trabaja a un ritmo muy apresurado para poder seguirla con facilidad, mi respiración es lo único que se escucha con claridad en mi habitación, creo que afuera el ruido sobrepasa los decibeles permitidos, aunque no me distrae.
Volviendo al tema de mi mente, comienzo a descifrar su complejidad, hay muchas cosas muy distintas dentro de ella, cosas que puestas juntas serían una total incoherencia; cosas que están porque las necesito y otras que simplemente están ahí esperando a ser descifradas.
Sobre mi cama las paredes azules verdosas, pintadas hace poco, el techo blanco en el cual puedo proyectar mis sueños, una mesa de madera que me regaló mi abuela, sobre ella el televisor, un esfuerzo de todo un verano de trabajo. Veo también el calefactor que impide que mis esperanzas se congelen, la lámpara que ilumina mis ideas, las alfombras que amortiguan la caída de mis deseos y el espejo que refleja cada uno de mis defectos, acordándose pocas veces de mis virtudes, la puerta que me lleva a la realidad familiar y la ventana que ventila mis sentimientos día a día, por una hoja sale la tristeza y por la otra entra esta misma convertida en alegría junto al olor de las plantas de mi mamá.
Acostada en mi cama me veo a mi misma trazando ideas, más que sobre un papel, sobre mi vida.

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